Con más de siete décadas de historia, Electro Horn fue mucho más que una casa comercial en Puerto Varas. Fue un punto de encuentro, un símbolo de confianza y cercanía, y una parte viva del paisaje urbano de la ciudad. Después de tres generaciones, sus dueñas decidieron cerrar definitivamente sus puertas el pasado 30 de septiembre, poniendo fin a una historia que comenzó en 1946 y que acompañó a la comunidad durante casi 80 años.
Los inicios de una familia pionera
La historia de esta emblemática empresa comienza con los hermanos Antonio y Florian Horn Klenner, hijos de Antonio Horn Teuber y nietos de Franz Horn, el primer descendiente nacido en Chile de los colonos alemanes que llegaron a poblar las orillas del lago Llanquihue.
Antes de dedicarse al comercio, la familia Horn tuvo una fábrica de puertas y ventanas —e incluso de ataúdes— ubicada cerca de donde hoy se encuentra el Colegio Inmaculada Concepción. Pero fue el espíritu emprendedor de los hermanos el que dio vida a Electro Horn, un negocio que en sus inicios ofrecía insumos de música y electrónica a clientes desde Calbuco hasta Osorno.
El legado de don Odilo
Con el paso del tiempo, el negocio quedó bajo la administración de José Odilo Horn, hijo de Antonio, quien debió regresar desde España —donde estudiaba para sacerdote— tras la muerte de su padre en 1968. Fue entonces cuando tomó las riendas de la empresa familiar y le dio un sello muy personal: una combinación de visión comercial, humanidad y compromiso social.
Durante su gestión, Electro Horn vivió sus años dorados. El negocio se expandió con tres locales dedicados a muebles, electrónica y línea blanca, en tiempos en que aún no existían las grandes multitiendas ni las tarjetas de crédito. Pero más allá de su crecimiento, lo que marcó la diferencia fue su forma de tratar a las personas.
Don Odilo confiaba en sus clientes. Les otorgaba créditos sin papeleo, sin exigir contratos, y anotaba los pagos en una libreta con nombre y apellido. “Cada cliente era una persona, no un RUT”, recordaría más tarde su hija, María Lourdes Horn. Esa confianza, lejos de traicionarse, fue correspondida con lealtad: las familias más humildes fueron también las más cumplidoras.
“El papá se la jugó por la gente de pocos recursos, los trabajadores del campo, las nanas, los jardineros… gente que no tenía papeles, pero sí palabra”, rememoran sus hijas. Y así, bajo el lema “Un mundo para servir”, Electro Horn se convirtió en un ejemplo de atención humana, donde la venta era también un acto de empatía y respeto.
Un comercio al servicio de la comunidad
Más allá del negocio, Electro Horn fue una institución profundamente ligada a la vida de Puerto Varas. Don Odilo colaboraba con bomberos, escuelas, parroquias e instituciones sociales, siempre dispuesto a donar premios para rifas o apoyar causas comunitarias. “Él acogía mucho todas las necesidades de la ciudad”, cuentan quienes lo conocieron, recordando su generosidad silenciosa y constante.
En 1974, José Odilo se casó con Adriana Bonnault Cárdenas, quien se integró plenamente al proyecto familiar. A partir de 1978, trabajó codo a codo con su esposo y llegó a encargarse de la tesorería del local. “Teníamos el negocio frente a la casa, y yo me iba todos los días a trabajar allá”, recuerda.
Siempre a la vanguardia, Electro Horn fue una de las primeras tiendas en incorporar un sistema computacional en Puerto Varas y en probar los modernos equipos de sonido que llegaban directamente desde las empresas proveedoras. Su visión innovadora permitió que muchas familias accedieran, por primera vez, a la tecnología que marcaba tendencia en aquellos años.
El cierre de un ciclo
Tras tres generaciones, y luego de décadas siendo parte del corazón comercial de la ciudad, Electro Horn bajó sus cortinas el 30 de septiembre de 2025. Con su cierre, no solo desaparece una tienda tradicional, sino también una forma de hacer comercio basada en la confianza, la cercanía y la palabra.
Su historia es, sin duda, una de las más significativas en la memoria puertovarina: un testimonio de trabajo familiar, compromiso con la comunidad y una profunda vocación de servicio que dejó huella en todos quienes, alguna vez, cruzaron sus puertas.




