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Crónicas de un Puertovarino a Pie en Invierno

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Texto por: Seba Schirmer L. – Ilustración: Kipper Art (Rafael Angulo)

Llega el invierno, los amaneceres fríos y llenos de humo. Llegan esos días donde está la disyuntiva entre un día lluvioso, pero sin frío y sin humo, o sin lluvia, pero con frío y con un aire irrespirable. Definitivamente si debo salir prefiero lo segundo, pero entre la pandemia y las necesidades de una purificación literal de la ciudad, lo primero sería mejor. Lamentablemente el ánimo del clima casi nunca concuerda con mis obligaciones y llueve LA vez que debo salir, o está despejado, hasta con sol, cuando me quedo en casa, mirando por la ventana como esos niños castigados.

Pero no me quejo, me gusta el invierno, me permite quedarme en casa leyendo sin sentirme culpable por desperdiciar un día de sol. Me permite trabajar sin sentir que afuera hay un día maravilloso. Me permite escribir cuentos de horror cósmico con un fondo ad hoc en la noche tormentosa y la alimaña que, para mi pérdida de cordura, raspa las paredes en las noches silenciosas. Otra cosa que me gusta del invierno es que menos gente circula por las calles, especialmente en las mañanas, así puedo pasear a mis perros más tarde (la única actividad que realizó al exterior de mi casa en forma rutinaria en esta pandemia).

Mientras escribía lo anterior, fui testigo como una camioneta Mitsubishi entró a mi pasaje, se bajaron dos mujeres y procedieron a vaciar el estanque de una estufa a parafina en la cámara de recolección de aguas lluvias. ¡Realmente sorprendente! Lamentablemente no alcancé a tomar fotos, pero si pude anotar la patente y tomaré las acciones pertinentes. Pero más allá de eso, me parece sorprendente, con toda la publicidad de la contaminación del lago, que a alguien se le ocurra hacer esto. Sinceramente la gente sorprende con su grado de inconciencia, es cosa de ver las noticias de gente contagiada de COVID-19 que viola la cuarentena repetidas veces, o como un honorable se le ocurre viajar antes de tener los resultados del examen porque “no creía tener la enfermedad”, o el que viaja en helicóptero para ir a ver su casa en el litoral, saltándose el cordón sanitario. De alguna forma merecemos esta epidemia, pero lamentablemente aquellos que más la sufren (adultos mayores y gente de escasos recursos) son inocentes.

Si queremos un mundo mejor, seamos mejores personas.

 

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