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¡Qué Fome: me volví Profe!

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Dedicado a todos los Profes en su día. Por: José Antonio Buyón Quijada – Abogado, Dr. en Ciencias de la Educación (Magíster en Educación Superior) – Profesor

Hace poco estuve refexionando sobre lo que significaba ser hijo de una maestra. La verdad es que nunca había prestado atención a lo que esto podía representar para mí, porque ciertamente no es algo que me hubiese detenido a pensar hasta que la maduréz hiciera su entrada formal.
La mayoría de los docentes entre los veinticinco y cincuenta años, ejercen su quehacer en jornada completa, lo que pudiésemos decir que trabajan doble turno, pero no ganan el doble y aún así lo cumplen. Los hijos de docentes, por lo general, aprendemos a cocinar, a lavar, a servirnos y atendernos con mucha mayor rapidéz que otros chiquillos. Reconocemos gran parte del vocabulario técnico pedagógico,pues crecimos escuchando por horas acerca de proyectos, evaluaciones, correcciones , notas y consejos de profesores, uniformes, estadísticas y un largo etcétera de oficios que se encuentran vinculados al argot de la educación.
Quienes somos hijos de docentes sabemos lo que significa quedarse encerrado fines de semana enteros porque mamá o papá tienen que corregir, conocemos además lo frustrante de no poder mentir sobre si tenemos asignaciones diarias para hacer en casa, porque el poder clarividente de mamá se hará presente con un cocotazo dado a tiempo que nos haga realizarla y reflexionar al mismo tiempo sobre lo necesario de ser responsable. Cuando nuestros padres son docentes, aprendemos a ser independientes, a administrar nuestro tiempo y a colaborar en los quehaceres de la casa viendo que son tan importantes como un hábito escolar (pues el gobierno sigue siendo el mísmo y la amenaza de exilio para quien no le guste, esta vigente a toda hora). Los hijos de maestros reconocemos que la autonomía y la independencia tienen valor sólo para efecto de nuestra responsabilidad, que es medida y controlada en el número de logros que alcancemos como fruto de nuestro esfuerzo que es directamente proporcional al que hacen nuestros padres. El sueldo de un papá o mamá docente, es el botín de nosotros, pues cada vez que escuchamos las dos palabras magicas: “ ya pagaron” se despierta un brillo inexplicable en los ojos de vendedor de prenda que se nos dibujan en el rostro.
El camino no es del todo grato, pues cuando se es hijo de un docente, pocas veces podemos contar con la presencia de ellos en nuestros actos escolares, porque casi siempre se encuentran organizando el propio para sus estudiantes. Casi siempre se reconoce al hijo de un educador, porque salvo que su papá sea profe también, son los abuelos o las tías quienes le acompañan en sus ocasiones especiales en la
escuela, siempre en primer lugar ¡faltaba más! no puedo dejar de mencionar que el día de las madres es toda una fiesta patronal, porque son más los regalitos que prepara una mamá maestra para sus apoderadas, que los que recibe, o el día del niño y del estudiante, en las que muchas veces y sin querer se olvida de que sus hijos también lo son y entonces nos premia con el mejor de los regalos: su abrazo y todo su amor. Mi mamá docente se sumerge en su mundo de papeles, reglas, lápices y plumones, olvidando muchas veces el agotamiento que le causa tanto tiempo de permanecer sentada o de pie preparando materiales sin cesár para encontrarse con un nuevo viaje al día siguiente. todo esto me hizo recordar, que el ser docente, no es trabajo de medio tiempo, es quehacer de vida completa. Nuestras casa fue muchas veces en lugar de sala, living y comedor, “segundo A” “tercero B” y “cuarto C”
Después de leer lo que escribo es posible que muchos perciban esto como una queja, pero no, me encuentro muy lejos de quejarme, ¿cómo voy a quejarme? Si las docentes son las mejores madres y padres de todas, nos educan basando su experiencia y protección en independencia, forjan en nosotros principios de valentía y coraje, de sinceridad y gratitud, de solidaridad y buen corazón. Cuando los necesitamos, aparte de docentes, son también nuestros padres. ¿cómo no ser los mejores? Si tenemos mínimo, cincuenta hermanos por año, si con su amor se hacen cargo de cuidar y ayudar a crecer a quienes no han nacido de ellos, pero que han completado su vida con su compañía. Han dejado muchas veces nuestra salud quebrantada y se han ido con la preocupación enorme de no tener quien seque alguna fiebre, para cumplir con el deber de quienes le esperan como si fuéramos nosotros mismos. Amigos lectores, mi mamá docente, me enseñó a vivir, y cuando me preguntan a qué se dedica tu mamá, yo orgullosamente respondo: mi mamá es docente, médico, psicóloga, modista, coreógrafa, enfermera, maga, hija, hermana, esposa, abuela y la mejor fortuna que Dios me pudo dispensar. Un papá cuando es docente, es al mismo tiempo, el abrigo de mucho niños para quienes la vida les sonríe al darse cuenta de que ese maestr@ siempre está. ¡Aro, Aro, Aro: brindo con estas palabras que me llegan a la mente, dando gracia a nuestros padres y a nuestros queridos docentes, por brindarnos tanta ayuda, desinteresadamente!
Con respeto y admiración, para el Profe chileno, en su honor, de un profe Venezolano.

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